Después de haber tenido un accidente automovilístico, mis manos quedaron desechas. Al salir por el vidrio delantero del automóvil, debido a la fuerte colisión que tuve, intenté proteger mi rostro con mis manos por instinto, y quedaron incrustados en mis nudillos pedazos de vidrio, los cuales lastimaron bastante las articulaciones de mis dedos. El dolor era frustrante, tanto que creía que mis manos ya no volverían a ser las mismas, y así fue.
Faltaban dos días para mi audición en The Juilliard School para optar por una beca y estudiar música, la tristeza invadía mi cuerpo y cientos de lágrimas recorrieron los caminos de mis mejillas por esos largos dos días. Sentí que todo estaba perdido; mi beca, mi oportunidad de estudiar música, mi capacidad de hacerla, mi felicidad, mi ser.
A causa de las heridas que tenían mis manos, debía tener una enfermera dándome un cuidado especial, ya que el dolor y el daño que habían provocado los cortes, no me permitían mover con facilidad mis dedos. Esto me hizo sentirme inútil, devastado, aterrado, pero seguí al pie de la letra mi reposo. Durante esos dos días recé y le pedí a Dios en innumerables momentos, que me ayudara a tener el valor y la fuerza para soportar tal experiencia.
La noche anterior a la audición, recé con mucha más fe, quité mis vendas antes de dormir, posé mis manos sobre mi abdomen, y me quedé dormido pensando en la audición.
La mañana siguiente; el gran día, la audición.
Me desperté con una fuerza en mí que jamás había sentido, estaba lleno de valor, así que vestí mi mejor taje, ajusté mi corbata, pulí mis zapatos y me fui a la audición. Llegué justo a tiempo, acaba de terminar de auditar una chica talentosa que dominaba muy bien el arte de la danza.
Ya era mi turno, así que entré al área de audición, saludé educamente al jurado y me dirigí hacía el instrumento musical que iba a usar; un piano Steinway And Sons de color negro, hermoso. Posé mis manos trémulas sobre el teclado, respiré profundo y comencé con el caracterizador motivo de cuatro notas de la sinfonía número 5 de Beethoven. Mis manos danzaron sobre el teclado, como si fuera una pista de baile en la cual habían gambeteado toda su vida.
No había tal sangre recorriendo mis venas, era la música la que transitaba por ellas en ese momento y yo era su instrumento. No sentí ningún dolor mientras tocaba, solo notaba las vibraciones que causaban las notas en mis oídos, y en ese momento me di cuenta que estaba hecho para esto, y que mis manos estaban diseñadas para tocar. Fue en ese momento que comprendí que mis manos eran de pianista.
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Tuve la idea de crear esta historia hace días, pero no lo había dado forma hasta hoy, espero les haya gustado. Como siempre deseándole el mayor de los éxitos y bendiciones ¡Steem On!
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